Misión Emmanuel: una comunidad que vive la fraternidad universal

30 de abril de 2024
Misión Emmanuel, una comunidad liderada por Lola y Daniel Almagro junto con sus hijos y otros colaboradores, se ha dedicado durante más de diez años a acoger a familias y jóvenes en situación de vulnerabilidad en su hogar. Autor: Daniel Almagro. Enfermero del Hospital Clínico San Carlos, presidente de Abraza África y hermano de la comunidad Misión Emmanuel.

Misión Emmanuel se define a sí misma como una comunidad que vive la fraternidad universal en una sociedad donde la superficialidad, el individualismo y la posesión material se han antepuesto a la persona. Formada por Lola, Daniel y  sus siete hijos acompañados por otras personas que comparten sus valores, amigos de la misión, que son voluntarios con mayor o menor responsabilidad en la comunidad, tras una experiencia intensa de voluntariado misionero con la diócesis de Madrid, deciden abrir su casa para acoger a familias y jóvenes en situación de vulnerabilidad. En concreto acogen familias con niños, normalmente mujeres solas con niños, plazas en las que ahora tienen más demanda, junto a las personas con trastorno mental. En este momento, cuentan con 20 plazas y desde hace 10 años, cuando comenzaron con esta aventura, buscan poner a la persona en el centro, huyendo de todo paternalismo y buscando que la persona asuma la responsabilidad de su propia vida, acompañándola en los procesos, todo en un ambiente de autoayuda, desde la presencia y evitando el paternalismo, permitiendo que las personas sean protagonistas de su propio proceso. Se les pide que colaboren en su propia integración e inclusión, creyendo en su capacidad. Se les acoge para que logren esa integración en el menor tiempo posible.

Alejados de toda etiqueta, buscan lo que denominan la consagración natural como propuesta de vida consagrada desde otra realidad. Tras su experiencia en África, se sienten llamados a acompañar a personas originarias de allí; de hecho, su ONG se llama «Abraza África«. Sin embargo, desde hace tres años, decidieron acoger a personas con trastorno mental. Esta es la experiencia que traemos a En la Calle y que Daniel comparte con nosotros.

Sólo es necesario dar una vuelta por cualquier gran ciudad para ver a personas en situación de calle, ya sea en bancos, soportales o quizás sobre unos cartones en mitad de la acera. Sin embargo, son pocos los que se acercan a estas realidades tan duras y quienes lo hacen, enseguida se pueden dar cuenta de la gran necesidad de estas personas y, a su vez, de la imposibilidad de abordar casos tan complejos y deteriorados en la mayoría de las ocasiones. Muchos de ellos son dejados por imposible o reciben ayuda de forma muy básica o equivocada. En muchas ocasiones, el mismo individuo aparentemente no desea ser ayudado, a menos que sea de la manera que él mismo exige, generalmente para poder sobrevivir en lo básico, que para ellos es el consumo que, por un lado, tiene un efecto sedante y, por otro, acelera su degradación.

Esto es lo que les espera a la mayoría de las personas que están en situación de calle y que además padecen alguna enfermedad mental. Y si no la padecen, el vivir en la calle degenera la salud mental de cualquier ser humano. Esto es ampliamente ignorado por la gente que pasa de largo sin más, sin mirar, como si no existieran. A nivel político e institucional, los recursos existentes no pueden dar respuesta suficiente a esta realidad, lo que deja a estas personas a merced de su enfermedad y la dureza de la calle, algo que parece estar aceptado por la mayoría.

Poco a poco hemos podido mejorar nuestro acompañamiento a estas personas, a la vez que veíamos lo beneficioso que era que aquellos acogidos sin patología mental cuidaran o al menos respetaran a los que sí la tenían. Todo esto se ha desarrollado en un marco de vulnerabilidad importante para todos ellos, ya que normalmente se encuentran en un país que no es el suyo, con culturas diferentes y muchos en situación irregular, sin poder trabajar, etc. Esta situación quizás les hace comprender mejor a las personas con este tipo de patología.

Conscientes de esta realidad, nuestra comunidad llamada Misión Emmanuel decidió hace ya tres años incluir de forma progresiva a personas con trastorno mental en el «Proyecto Abraza«, donde llevamos casi diez años acogiendo a personas vulnerables y construyendo una comunidad de convivencia permanente con ellas. Esto implica que vivimos juntos pero no mezclados, ya que habitamos en diferentes casas, aunque estén adosadas. Una casa es para familias, otra para hombres, otra para mujeres y otra para la comunidad en sí.

La primera persona con trastorno mental llegó a nosotros derivada de un hospital psiquiátrico, y el abordaje fue muy intenso, ya que decidimos no hacer diferencias entre los acogidos en términos de normas y horarios, a menos que se presentara alguna crisis o empeoramiento de su enfermedad. Esto nos llevó a realizar un seguimiento más exhaustivo, lo cual solo resultó un agobio para nosotros y que el acogido se sintiera más presionado a la hora de realizar tareas de mantenimiento de la casa, como la limpieza. Si él consideraba que estaba limpio, decidía no limpiar. Por lo tanto, optamos por darle más flexibilidad y no insistir tanto en ello, lo cual no fue bien recibido por los otros compañeros, que sí cumplían con las tareas de la casa de acogida, autogestionando prácticamente todo, desde la limpieza y reparación de enseres hasta el cuidado de jardines, animales y la elaboración del menú por parte del equipo de cocina..

Además, establecimos horarios de entrada y salida o de apertura de puertas de las habitaciones, excepto para las familias con niños. Esto les ayuda a organizar sus vidas, aunque también representaba una carga importante para ellos. Sin embargo, progresivamente ocurrió un cambio notable: con el tiempo, fueron los propios compañeros quienes, por un lado, mitigaron las repercusiones de la hipoactividad de la persona con enfermedad mental y, por otro lado, la alentaron a participar en las tareas cotidianas de la casa.

No podemos negar que se han producido conflictos entre unos y otros, pero todos han sido resueltos tras nuestra intervención, haciendo ver al resto de acogidos la naturaleza de este tipo de enfermedad. También hemos tenido que realizar algunos ingresos cortos en psiquiatría de algún acogido o intervenir con el equipo de calle del Hospital Clínico, donde trabajo, para adecuar la medicación, hasta que hemos podido incluir a todos en el sistema de salud, con sus revisiones psiquiátricas. A menudo los acompañamos para completar la información sobre el paciente en las consultas de psiquiatría.

Los perfiles de personas acogidas con patología psiquiátrica en nuestro proyecto han sido personas en situación de calle, españolas o extranjeras, en un estado estable de su enfermedad, con una ligera recaída y con diversas patologías como trastorno bipolar, trastorno esquizoafectivo, depresión, etc. En todos los casos, el paciente ha mejorado y, en su mayoría, ha podido desarrollar las habilidades necesarias para su autonomía.
Sin embargo, hay que hacer una excepción con los pacientes que presentan patología dual, ya que aunque todos mejoraron durante su estancia en nuestra comunidad, la mayoría no completaron el proceso de deshabituación. Este proceso es largo y requiere que la persona se abstenga definitivamente del consumo, normalizando su funcionamiento psicosocial con hábitos saludables. Esto se logra gracias al acompañamiento del psiquiatra y trabajador social de nuestro centro de referencia en la Atención a las Adicciones (CAID), así como a la asistencia semanal a la asociación NA (Narcóticos Anónimos), la cual tiene una filosofía acogedora y auténtica basada en el «sólo por hoy«.
Es probable que debido a la urgencia de la situación social en la que se encuentran nuestros acogidos, estos tiendan a priorizar la salida de la calle y ayudar económicamente a sus familias en lugar de asistir a las visitas al CAID. Los consumidores de THC o alcohol siempre deben estar alerta, ya que las dificultades para ellos son muy fuertes y a menudo conducen a recaídas. Además, no podemos ignorar nuestras limitaciones en este aspecto, ya que no disponemos de una infraestructura material ni humana que garantice el control exhaustivo necesario para las personas con problemas de adicción.

Normalmente, de entre 20 acogidos, nunca hemos tenido más de cuatro con patología mental, ya que de lo contrario sería complicado gestionar una comunidad como la nuestra. La cotidianidad y la convivencia ordenada, junto con las continuas actividades y el acompañamiento, han permitido que este tipo de acogidos puedan crear lazos terapéuticos con el resto de la comunidad y con los responsables del proyecto. Todos nosotros tenemos experiencia laboral en diferentes unidades de psiquiatría, lo que nos permite dar respuesta a la mayoría de las necesidades de estas personas o gestionar su medicación en coordinación con su psiquiatra.

A pesar de todas las intervenciones y adaptaciones del proyecto para estas personas, en la realidad cotidiana no se perciben diferencias entre unos y otros; vivimos juntos con total normalidad, algo que todos, sobre todo ellos, perciben. Esto les permite simplemente ser «personas» con todo lo bueno, a pesar de su enfermedad. Esta normalización y sus resultados nos animan a seguir insistiendo en la gran oportunidad que representa abrazar a estas personas que sufren exclusión por duplicado.

Nos ponemos a disposición de las instituciones o cualquier persona que quiera participar en la inclusión de los vulnerables entre los vulnerables para apoyarles en la estructuración de diferentes proyectos para la inclusión y/o convivencia con personas con trastorno mental, como en el cohousing, etc. Sobre todo, es de extrema necesidad crear un proyecto que dé respuesta de emergencia a todas las personas en situación de calle con este tipo de trastorno de la salud, para lo cual es imprescindible un nuevo sistema de cribado e intervención que asegure que ninguna persona con trastorno mental continúe en situación de calle.

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