Acoger, una experiencia enriquecedora

22 de junio de 2023
José Manuel y María Jesús se sienten cristianos y, por coherencia, les parece importante seguir el estilo de Jesús de acoger a los que más dificultades tienen. Creen que si esta actitud la vamos extendiendo, poco a poco, el mundo podría ser un mundo de hermanos y no tendría fronteras.

 

José Manuel Pérez y María Jesús Velasco

Acoger en tu casa a emigrantes te enriquece en todos los sentidos

Somos un matrimonio de jubilados que vivimos en una ciudad del sur de Madrid. Nuestras hijas se independizaron hace más de una década y vivimos abiertos a ayudar a los demás en lo que podamos. Somos abuelos de 4 nietos y estamos casi siempre disponibles para echarles una mano, no de forma habitual, sino puntualmente. Nos sentimos abuelos libres. Ellos nos mantienen en forma y nos dan muchas alegrías.

Nosotros, mi mujer y yo, nos sentimos cristianos y, por coherencia, nos parece importante seguir el estilo de Jesús de acoger a los que más dificultades tienen. Creemos que si esta actitud la vamos extendiendo, poco a poco el mundo podría ser un mundo de hermanos y no tendría fronteras.

Tendremos que imaginar juntos cómo crear una red de diferentes maneras de acoger, proteger, promover e integrar a migrantes y refugiados que viven en nuestro entorno. Todo tipo de colaboración es importante. Ponte en contacto con la Delegación de Emigración y concreta en qué puedes colaborar. Navega en su WEB y conoce su proyecto.

La Delegación diocesana de Migraciones es una organización de la Iglesia Católica en la Diócesis de Getafe que tiene como misión: acoger, proteger, promover e integrar a las personas migradas y refugiadas que viven en los municipios de la zona sur de la comunidad de Madrid.
Nuestro objetivo es trabajar por la integración de las personas migradas y refugiadas y su incorporación en la sociedad y en la igle¬sia, en igualdad de condiciones que la población autóctona.”

Estamos colaborando como voluntarios en la parroquia y otras asociaciones. Desde esta colaboración surgió la posibilidad de echar una mano en un piso de acogida cerca de donde residimos. En ese momento no fuimos necesarios, pero ante ese ofrecimiento, se nos propuso ser familia de acogida dentro del proyecto que estaba iniciándose desde la Delegación de migración de la Diócesis de Getafe.

Tras varias reuniones para conocernos y conocer el proyecto y a qué nos comprometíamos, dimos el paso de acoger a una mujer, pues era una primera experiencia y no sabíamos cómo nos iba a ir.

Firmamos un contrato a tres: nosotros como familia acogedora, la persona acogida y la Delegación de Migración en la persona de Fernando Redondo, como Delegado de la Diócesis de Getafe. En este contrato se estipulan los derechos y deberes de cada parte. Primero se hace por un mes y después se puede alargar hasta 6 meses prorrogables hasta un año. De esta manera se aseguran resolver los conflictos que se ocasionen y si no se resolvieran, buscar otras soluciones.

La primera acogida duró tres meses. En ella aprendimos que acoger es mucho más que ofrecer tu casa, el proporcionar la manutención y pagos de electricidad, agua y gas, sino que la persona acogida viene de una cultura distinta y unas realidades personales especiales y únicas, como toda persona; y ante ello hay que posicionarse con mucho respeto de procesos y tiempos que es difícil de practicar. Te enriqueces mucho con su conviven¬cia y también compartes y sufres sus problemas.
En esta segunda acogida han pasado a vivir con nosotros una madre con su hijo de 12 años que padece una parálisis cerebral. Llevamos viviendo la experiencia tres meses. Vamos aprendiendo a ser más respetuosos con su realidad y comprender las dificultades que tiene que superar. Cada día ella tiene que llenarse de optimismo y energía para salir adelante airosa.

Las primeras semanas de convivencia sirven para pulir roces que pueden surgir al ser tan distintos los modos de organizarse en comidas y los miles de detalles que tiene el llevar una casa. Todo ello se va superando, con buena voluntad por ambas par¬tes. El hecho de compartir además de los servicios de la casa, nuestras preocupaciones y valores —la vida—, hace que nos vayamos sintiendo familia, salvando siempre la libertad de cada uno.

A veces te dan tentaciones de ayudar para que se aceleren procesos, implicarte más, pero estamos aprendiendo que tenemos a personas que siguen su ritmo y el que les permiten los “papeles”. Que tienen que crear con el tiempo una red de ayuda que les hará posible afrontar mejor todas las dificultades.

Es verdad que esto te complica la vida, pero en algunas cosas nos pasa que tenemos miedos y recelos que deben desaparecer. Nosotros hemos dado el paso de viajar por diez días fuera de nuestra casa y dejar a esta familia desenvolverse sola y en libertad en nuestra casa. Eso ayuda a su autonomía y sentir que confías totalmente en ella. Es una experiencia que nos gratifica y nos da alegría sintiendo que nuestra familia se hace más grande, que estamos más cerca de los gestos que Jesús nos pide, que nos abrimos a experiencias que nos enriquecen abriendo horizontes nuevos. Al mismo tiempo tenemos la sensación de que no hacemos más que poner nuestro granito de arena, sin mérito alguno, que nos ha llegado como una gracia en el aquí y ahora, casi imprevistamente. No es un camino de rosas, tenemos que renunciar a ciertas libertades, pero nos merece la pena vivir la experiencia. Sentimos que podemos dar gratis de lo nuestro y reconocemos que lo que somos y tenemos no es mérito propio, sino por muchas circunstancias que nos han dado mejores oportunidades.

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